Desde
por lo menos los años ochenta del siglo XX, China observó con
interés y curiosidad el surgir de la Unión Europea, un ovni
político de gran potencial económico. Entonces la UE representaba
el 30% del PIB mundial mientras que China solo el 2,3%. Cuando en los
primeros años del siglo XXI, la UE se ampliaba (diez nuevos estados
miembros en 2004) e incrementaba su integración, Pekín seguía la
evolución del proceso con interés añadido. Con sus casi 500
millones de habitantes y su gran potencia económica (segundo PIB
mundial), la UE era menos celosa que Estados Unidos a la hora de
transferir la tecnología que China necesitaba para su desarrollo.
Además, y sobre todo, lideradas por Francia y Alemania, las
diferencias europeas con la dirección neocon
de George W. Bush en Estados Unidos, particularmente relevantes en
2003 con motivo de la desastrosa invasión de Irak, introducían en
Pekín preguntas existenciales de gran calado estratégico: ¿Se va a
dividir Occidente? ¿Será la Unión Europea un nuevo polo autónomo
de la nueva constelación multipolar?
La
división entre las antiguas potencias coloniales europeas y la
superpotencia imperial americana era una cuestión fundamental no
solo para China, sino para todo el llamado “sur global”, aunque
solo fuera por la ampliación de los márgenes de maniobra que
significaba. Ampliar a lo político, por ejemplo en las
organizaciones internacionales creadas y dominadas por Occidente, la
holgura ya existente en lo comercial por ejemplo al negociar la
compra de aviones, no con uno sino con dos vendedores (Boeing y
Airbus), era un asunto mayor. ¿Se abriría una oportunidad similar
en la ONU?
Hoy
aquellas ilusiones se han evaporado. La inicial fascinación china
por el proceso europeo se ha visto matizada también por las
dificultades de la UE por demostrar una personalidad propia en el
mundo. Esas dificultades tienen que ver con diversos aspectos. Uno es
el sometimiento inercial de la política exterior y de seguridad
europeas a la geopolítica de Washington, canalizado a través de la
OTAN y de la utilización de toda una serie de países como caballos
de Troya de la política exterior americana en Europa: Inglaterra
antes del Brexit,
pero también, Polonia, los países bálticos y otros. La falta de
autonomía de la UE desemboca frecuentemente en un errático
seguidismo de las directivas generales de Estados Unidos, incluso
cuando esas directivas contradicen frontalmente los intereses
económicos y geopolíticos europeos más esenciales. La expansión
de la OTAN hacia el Este, en incumplimiento de los pactos y promesas
que pusieron fin a la guerra fría, y las trabas a la complementaria
relación energética y geopolítica de la UE con Rusia, forman parte
de una clara y bien conocida estrategia de Washington.
Otro
aspecto fundamental tiene que ver con el propio diseño, más
empresarial que político, de la Unión Europea. Reflejado en los
tratados europeos, ese diseño es prácticamente imposible de
reformar al precisar el voto aprobatorio de todos los estados
miembros. Dichos estados parecen, a su vez, estructuralmente
condenados a la división, a causa de los defectos del propio diseño
que incrementan la división socioeconómica de la eurozona y
producen una creciente desigualdad que es sobre todo consecuencia de
los superávits comerciales de Alemania, su principal economía.
Entre
2009 y 2018 la economía de los países del norte de la eurozona
creció en conjunto un 37,2% mientras que las del sur solo un 14,6%.
La crisis del Covid-19 apunta a un incremento de esas diferencias.
Esta realidad ha creado en Europa un enredo de gran complejidad que
parece condenar a la Unión Europea a la división interna y explica
sus actuales tendencias
desintegradoras.
El resultado de todo ello convierte a la UE en una especie de gigante
impotente.
La
Unión Europea ofrece periódicamente muestras de esa impotencia.
Concluyeron en fracaso los intentos europeos de independizarse de las
sanciones de carácter extraterritorial (respaldadas por su control
del sistema financiero global) dictadas por Estados Unidos contra
Irán después
de la retirada unilateral de Washington del acuerdo nuclear con ese
país que el conjunto de las potencias había aprobado y que abría
esperanzadoras perspectivas de distensión en Oriente Medio y de
negocio para Bruselas. No sabemos si la UE remediará su actual
estancamiento, pero sí sabemos que el pulso del mundo no se detendrá
para esperarla y que como dijo Mijail Gorbachov a los dirigentes de
la Alemania del Este en 1989: “la vida castiga a los que llegan
tarde”. La UE ya no representa aquel 30% del PIB sino solo el
16,7%, mientras que China ha cambiado su 2,3% de los años ochenta
por su actual 17,8%.
China
superó en 2020 a Estados Unidos como mayor socio comercial de la UE
Se espera que este año supere también a Estados Unidos como
principal mercado de la exportación alemana. China compró el año
pasado cerca del 20% de las ventas de Airbus.
En ese contexto, la relación de la UE con China refleja todos los
problemas apuntados. En primer lugar, cuanto
más quiera Bruselas avanzar en su relación con Pekín tanto más se
resentirá su relación con Washington y tanto más se agudizarán
las divisiones internas al respecto.
Trátese del desarrollo de la tecnología 5-G de la empresa china
Huawei
en Europa, del creciente flujo de inversiones chinas en la Unión
Europea, de la invitación de Pekín a los países europeos para que
se sumen a su iniciativa de Nueva
Ruta de la Seda
(B&RI), o del último acuerdo general de principio en materia de
inversiones (CAI), el resultado es siempre el mismo: la división
europea.
Ante
ese panorama, China ha llegado a acuerdos con países y grupos de
países europeos entre los que la llamada Plataforma 17+1 es el más
conocido. Muchos analistas y políticos europeos recelan de esos
acuerdos en los que ven la vieja táctica del “divide y vencerás”
practicada por China, olvidando que ésta no tiene que molestarse en
dividir lo que ya está dividido y lastrado por la más elemental
ausencia de claridad, coherencia y autonomía. Ese recelo se ha
puesto de nuevo de manifiesto con la crisis del COVID en la que los
defectos de la gestión europea han podido cotejarse con las ayudas
de China a diversos países europeos, entre ellos algunos de los más
marginados. “Debemos ser conscientes de que hay un componente
geopolítico y una lucha por la influencia en la política de la
generosidad”, escribió el responsable de la política exterior
europea, Josep Borrell.
Mientras
tanto, países como
Alemania y Francia envían periódicamente sus barcos de guerra a
participar en el cerco aeronaval de Estados Unidos en el Mar de China
Meridional, sugiriendo que la intensa relación con su principal
socio comercial es compatible con su contención militar.
La UE mantiene desde 1989 su más longeva política de sanciones
contra el socio chino:
un embargo de venta de armas. Si quisiera cancelarlo, Washington ya
ha advertido que los contratos militares con China significarían el
fin de las relaciones de las empresas europeas con las de Estados
Unidos en ese ámbito. Muchos estados de la UE son activos
participantes en los frentes de guerra
híbrida
abiertos contra China…
El
resultado de esta amalgama de hostilidad y estrecha relación es la
esquizofrénica doctrina aprobada por el Consejo Europeo de octubre
de 2020, que practica una especie de promedio con todas las
contradicciones, divisiones e intereses de los diferentes miembros
del club. Según esa doctrina, China es al mismo tiempo “socio,
competidor y rival sistémico”, dependiendo del ámbito político
en cuestión. ¿Son separables esos ámbitos? “En
la práctica parece difícil desvincular comercio e inversión, donde
China es considerada socio, de seguridad y valores, donde China es
vista como rival sistémico”,
dice la analista Theresa Fallon. “¿Será
la UE capaz algún día de relacionarse con China no a través de
tres diferentes enfoques sino mediante un solo punto de vista?”,
se pregunta. Fallon es directora del CREAS uno de los laboratorios de
ideas de Bruselas dedicado a promocionar la estrategia de Washington
hacia Rusia y Asia en la UE. Su pregunta resume muy bien la debilidad
y ambigüedad de la actitud de la Unión Europea hacia China.
(Publicado
en Ctxt)
Fuente:
https://rafaelpoch.com/2021/03/03/la-union-europea-hacia-china-debilidad-y-ambiguedad/#comments